Historias que inspiran

Hay historias que merecen ser contadas.

Cuando empezamos a fabricar instrumentos nunca imaginamos todo lo que llegaríamos a conocer gracias a ellos.

Pensábamos que construiríamos instrumentos.

Pero con el paso de los años descubrimos que, en realidad, también íbamos a tener el privilegio de asomarnos a historias de vida que nos han emocionado, nos han hecho reflexionar y, en muchas ocasiones, nos han cambiado por dentro.

Algunas nos han sacado una sonrisa. Otras nos han dejado un nudo en la garganta. Y muchas nos han recordado por qué seguimos haciendo todo esto.

Por respeto a la privacidad, muchas de estas historias aparecen sin nombres o con algunos detalles cambiados. Lo importante nunca ha sido quién las protagonizó, sino lo que nos enseñaron.

Porque al final, detrás de cada instrumento, casi siempre hay algo mucho más importante que el propio instrumento.

Hay personas.

Antes de empezar…

Hay personas que recuerdan perfectamente el día en el que cambiaron de trabajo.

O el día en el que conocieron al amor de su vida.

Nosotros recordamos dos momentos muy distintos. No fueron grandes acontecimientos. No salieron en ningún periódico. No ocurrió nada extraordinario para quien lo hubiera visto desde fuera.

Pero fueron dos momentos que cambiaron para siempre nuestra manera de entender la música y el sentido de todo lo que estábamos construyendo.

Cada uno vivió el suyo en un momento diferente.

Y, curiosamente… Los dos terminaron llevándonos exactamente al mismo lugar.


El primer «clic» de Jonathan

Muchos años antes de que ParPer Drum existiera como hoy lo conoces, Jonathan solía salir a tocar en la calle.

Un día, mientras estaba tocando, vio a una niña que no paraba quieta. Corría de un lado para otro, sus padres estaban pendientes de ella y transmitían esa preocupación que muchas familias conocen muy bien.

Jonathan empezó a tocar. Y, poco a poco, ocurrió algo que nunca olvidará. La niña dejó de moverse. Se acercó despacio. Se quedó completamente absorta escuchando el instrumento.

Era como si todo lo que ocurría alrededor hubiera desaparecido durante unos minutos. Aquella escena impresionó tanto a Jonathan que dejó de tocar.

Los padres, con una sonrisa que todavía recordamos cuando hablamos de aquel día, le dijeron que siguiera. Y entonces ocurrió algo todavía más inesperado.

La niña se acercó y lo abrazó. A veces no hacen falta palabras para entender que acaba de pasar algo importante. Aquel abrazo fue uno de esos momentos.

Ese día Jonathan volvió a casa con muchas preguntas. Y con una sensación muy difícil de explicar.

Por primera vez sintió que quizá aquello que estaba investigando podía significar mucho más que fabricar un instrumento.

Poco después, otra persona que había estado escuchando se acercó y le dijo una frase que todavía recordamos con mucho cariño:

«Tú tocas para los dioses.»

No sabemos si era verdad. Pero sí sabemos que aquel día fue la primera vez que Jonathan hizo «clic».


El primer «clic» de Nerea

El suyo llegó bastante tiempo después. Ya llevábamos años fabricando instrumentos cuando una mujer nos escribió para encargarnos uno muy especial.

Mientras hablábamos sobre el diseño nos contó la historia de su hijo. Había pasado un tiempo en coma. Durante ese proceso, una de las canciones que más sonaba junto a él era Over the Rainbow.

Cuando despertó, no dejaba de hablar de los arcoíris. Decía que le gustaban todos los colores. Por eso quería que el instrumento llevara un arcoíris con alas y un ojo.

No era un dibujo bonito. Era mucho más que eso.

Mientras preparaba aquella decoración entendió que, muchas veces, lo que estábamos haciendo no era simplemente personalizar un instrumento.

Estábamos intentando representar una historia que tenía un significado enorme para una familia. Recuerdo terminar aquella decoración con un nudo en la garganta. Y pensar:

«Esto va mucho más allá de fabricar instrumentos.»

Aquel día también hice «clic». Y desde entonces nunca hemos vuelto a mirar nuestro trabajo de la misma manera.

Cuando comprendimos que un instrumento también puede adaptarse a una persona

Hay encargos que nos obligan a salir de nuestra zona de confort. Y, sinceramente, son esos los que más nos enseñan. Hace un tiempo recibimos un encargo muy especial.

El instrumento era para una persona de 103 años.

Solo decir esa edad ya impresiona. Pero enseguida entendimos que fabricar uno de nuestros instrumentos como lo hacíamos habitualmente no era suficiente.

Con la edad, la vista ya no era la misma. Algunos colores apenas se distinguían y ciertos sonidos, sobre todo los más agudos, resultaban incómodos. Así que dejamos de preguntarnos cómo fabricábamos normalmente nuestros instrumentos. Y empezamos a hacernos otra pregunta mucho más importante.

¿Qué necesita esta persona para disfrutar realmente de la música?

A partir de ahí todo cambió. Rediseñamos el instrumento desde dentro hacia fuera… y también desde fuera hacia dentro. Trabajamos la respuesta sonora para que resultara más agradable a su oído. Adaptamos la parte visual buscando el mayor contraste posible.

Las notas pasaron a ser amarillas sobre un fondo negro porque era la combinación que mejor podía distinguir. Cada decisión tenía un único objetivo. No hacer un instrumento diferente. Hacer un instrumento pensado para esa persona.

Visualmente seguía siendo un ParPer Drum. Pero, por dentro, era completamente distinto. Y eso nos hizo aprender algo que seguimos aplicando hoy.

Muchas veces pensamos que las personas tienen que adaptarse a los objetos. Nosotros creemos que, siempre que podamos, deberían ser los objetos los que se adapten a las personas.

Porque no todas las manos son iguales. No todos los oídos escuchan igual. No todos los ojos ven de la misma manera.

Y creemos que la música tampoco debería entender de límites cuando existe la posibilidad de construir un camino diferente. Aquel instrumento nos recordó que la artesanía tiene algo maravilloso. Que no está hecha para fabricar miles de piezas idénticas.

Está hecha para detenerse, observar y preguntar:

«¿Qué necesita realmente la persona que va a tocar este instrumento?»

Y, probablemente… Ese siga siendo uno de los encargos de los que más orgullosos nos sentimos.

El primer hospital

Hay encargos que, desde el primer momento, sabes que no van a ser uno más.

Este fue uno de ellos.

Una enfermera que trabajaba en una unidad de oncología para pacientes en cuidados paliativos se puso en contacto con nosotros porque quería un instrumento para acompañar a las personas en sus últimos momentos.

Nos explicó cómo pretendía utilizarlo. No buscaba simplemente un instrumento bonito. Buscaba una herramienta que ayudara a crear un ambiente de calma, de acompañamiento y de paz para personas que estaban viviendo una de las etapas más delicadas de la vida.

Aquello nos hizo detenernos. Sabíamos que aquel instrumento iba a sonar en momentos muy importantes para muchas familias.

Y sentimos una responsabilidad enorme. La parte sonora era importante. Pero, en esta ocasión, también lo era todo lo que el instrumento transmitiera visualmente.

Empezamos a pensar cómo representar esa idea sin recurrir a símbolos religiosos o elementos que pudieran hacer sentir identificadas solo a unas personas y no a otras.

Queríamos que cualquier persona pudiera mirarlo y encontrar tranquilidad, independientemente de sus creencias.

Finalmente nació un diseño aparentemente sencillo.

Un pájaro. Unas flores. Colores suaves.

Pero, como ocurre muchas veces con nuestros instrumentos, aquello que se veía era solo una pequeña parte de la historia.

Cada color había sido elegido por un motivo. Cada elemento tenía un significado. Algunos representaban transformación. Otros serenidad. Otros ese paso hacia algo nuevo que cada persona entiende de una manera diferente.

Todo estaba pensado con mucho respeto. Y, al mismo tiempo, de forma discreta.

Porque creemos que hay símbolos que no necesitan explicarse para transmitir lo que llevan dentro. Desde entonces solemos decir que muchos de nuestros diseños solo los entiende realmente quien los encarga. Porque, a veces, un dibujo no es solo un dibujo. Es una historia, un recuerdo, una despedida, una esperanza o un símbolo que solo tiene sentido para esa persona. Y creemos que esa es una de las cosas más bonitas que puede tener un instrumento artesanal.

Aquella enfermera comenzó a utilizar el instrumento en el hospital y, con el tiempo, también empezó a compartir con nosotros sus experiencias y observaciones, que fueron convirtiéndose en datos para nuestra investigación científica.

Sin buscarlo, aquel instrumento terminó convirtiéndose en uno de los primeros pasos de algo que años después seguiría creciendo: nuestra inquietud por comprender mejor cómo influye el sonido en las personas y por recoger información que pudiera ayudarnos a seguir aprendiendo.

Hoy sabemos que muchos de nuestros instrumentos acompañan a terapeutas, hospitales, profesionales sanitarios y centros de todo tipo.

Pero este siempre ocupará un lugar especial. Porque fue la primera vez que alguien nos dijo, con total claridad, para qué iba a utilizar uno de nuestros instrumentos.

Y aquella conversación nos recordó algo que nunca hemos olvidado. A veces un instrumento no está llamado a llenar un escenario.

A veces está llamado simplemente a acompañar una mano, una respiración… o un momento que merece ser vivido con toda la calma posible.

El primer colegio

Hay historias que empiezan con una sola persona… y terminan llegando a toda una clase.

En este caso fue un profesor de música quien se puso en contacto con nosotros. Estaba dando sus primeros pasos en el mundo de la musicoterapia y quería incorporar uno de nuestros instrumentos a sus clases para experimentar nuevas formas de trabajar con el alumnado.

Como en muchas otras ocasiones, el instrumento era solo el comienzo. Lo realmente interesante empezó cuando comenzaron a llegar sus mensajes.

Durante todo el curso escolar fue compartiendo con nosotros sus experiencias, observaciones y todo aquello que iba ocurriendo en el aula. Aquellos datos pasaron a formar parte de nuestras investigaciones sobre la influencia del sonido en distintos contextos educativos.

Y, sinceramente… Nos sorprendieron muchísimo.

El profesor nos contaba que el ambiente durante las clases de música era cada vez más tranquilo. Los alumnos se mostraban más concentrados, más participativos y disfrutaban enormemente de esos momentos compartidos alrededor del instrumento.

Pero lo que más nos llamó la atención fue que las observaciones no se quedaban solo en su aula. En las reuniones entre profesores empezaron a surgir comentarios de otros docentes.

«¿Qué estás haciendo en música? Se les nota diferentes.»

Le comentaban que los alumnos parecían más tranquilos, más centrados y que el clima en clase había mejorado. Incluso observaron una disminución de algunos comportamientos conflictivos y una mejor predisposición hacia el aprendizaje.

Nosotros no podemos afirmar que todo aquello ocurriera únicamente por nuestro instrumento, aunque a día de hoy ya hay otros estudios científicos que avalan los beneficios de la música. Sería demasiado atrevido.

Pero sí podemos decir que aquellas observaciones despertaron todavía más nuestra curiosidad y nuestras ganas de seguir investigando.

Porque cuando diferentes personas empiezan a contarte, de forma independiente, que están viendo cambios parecidos…

Lo mínimo que puedes hacer es seguir escuchando, seguir aprendiendo y seguir haciéndote preguntas. Al finalizar el curso recibimos otra sorpresa.

Profesores y alumnos prepararon juntos una canción utilizando el instrumento. Aquella grabación nos emocionó muchísimo.

No solo por la música. Sino porque representaba exactamente lo que siempre habíamos imaginado cuando empezamos este camino.

Un instrumento capaz de reunir a personas diferentes alrededor de una misma experiencia. Y, probablemente, esa siga siendo una de las cosas más bonitas que la música puede hacer.

El primer terapeuta

Hay personas que compran un instrumento porque ya saben exactamente cómo van a utilizarlo. Y otras que sienten que ese instrumento puede abrirles una puerta hacia algo nuevo.

En este caso fue una mujer que dirigía un centro dedicado al bienestar, donde realizaban actividades como yoga, pilates y otras disciplinas enfocadas al cuidado de las personas.

Su idea era incorporar la musicoterapia y la sonoterapia a ese espacio.

Curiosamente, el primer contacto lo hizo su padre, pero enseguida empezamos a hablar directamente con ella para entender qué buscaba y qué instrumento podía acompañarla mejor en ese nuevo camino.

Finalmente eligió una kalimba. Recuerdo aquellas conversaciones con muchísimo cariño, porque transmitía esa mezcla de ilusión y de respeto que aparece cuando uno empieza algo completamente nuevo.

Con el paso del tiempo seguimos manteniendo el contacto. Y poco a poco vimos cómo aquel primer paso se convertía en un camino mucho más grande.

Hoy también imparte formaciones relacionadas con el sonido, los gongs y los cuencos, acompañando a otras personas desde aquello que un día decidió aprender.

No podemos atribuirnos ese mérito. El trabajo, la constancia y el crecimiento han sido completamente suyos.

Pero nos hace muy felices saber que uno de nuestros instrumentos estuvo presente cuando todo aquello empezó.

Y, sinceramente… Sentimos un orgullo enorme cada vez que vemos cómo alguien encuentra un camino que le hace feliz.

Cuando un instrumento abre una puerta

Hay historias que llegan sin hacer ruido. Un hombre se puso en contacto con nosotros porque estaba atravesando un momento complicado de su vida.

Buscaba un instrumento. Nada más. No nos habló de conciertos. Ni de terapias. Ni de conferencias. Solo quería tocar.

Con el tiempo empezó a practicar cada vez más. Después comenzó a compartir pequeños momentos con otras personas. Más adelante llegaron las primeras sesiones.

Los primeros conciertos. Las primeras charlas.

Y, casi sin darse cuenta, aquello que había empezado como una necesidad personal terminó convirtiéndose en una forma de acompañar también a otras personas.

Hoy vive rodeado de música, compartiendo lo que ha aprendido y disfrutando de un camino que jamás había imaginado recorrer.

Y esta historia nos recuerda algo muy importante. Nosotros nunca decimos que un instrumento cambia la vida de alguien. Porque creemos que ningún instrumento puede hacer eso por sí solo.

Lo que sí puede hacer es abrir una puerta. Después eres tú quien decide cruzarla. Y, cuando vemos que alguien descubre una parte de sí mismo que ni siquiera sabía que existía… Sentimos que todo el trabajo del taller cobra todavía más sentido.

El regalo más inesperado (y probablemente el más divertido)

Después de tantos años fabricando instrumentos hemos vivido sorpresas de todo tipo. Pero hay una que seguimos recordando entre risas cada vez que sale la conversación.

Una chica nos escribió porque quería regalarle uno de nuestros instrumentos a su pareja. Lo tenía clarísimo. Pero había una condición.

Él no podía enterarse absolutamente de nada. Y cuando decimos nada… Es nada.

Durante todo el proceso conseguimos mantener el secreto. Ella hablaba con nosotros, elegía los detalles, organizábamos la entrega… y él seguía completamente ajeno a todo lo que estaba ocurriendo.

Llegó el gran día. Ella le dijo que tenían que ir a un sitio. Sin dar explicaciones. Y él aceptó. Imaginamos que pensando que sería cualquier cosa menos lo que realmente era.

Cuando llegaron al taller empezó el espectáculo. 😂 Todavía nos acordamos de la cara que traía.

Nos miraba a nosotros. La miraba a ella. Volvía a mirarnos.

Y era evidente que en su cabeza estaban pasando muchas cosas. Seguramente ninguna buena. 😂 Cuando cruzó la puerta del patio rumbo al taller, aquella expresión todavía fue a más.

Parecía estar preguntándose:

«¿Dónde me has traído?»

«¿Quién es esta gente?»

«¿Qué está pasando aquí?»

Nos costó muchísimo aguantar la risa. Porque nosotros sabíamos perfectamente lo que estaba a punto de ocurrir… y él no entendía absolutamente nada.

Hasta que llegó el momento. Le enseñamos el instrumento, se lo dimos para que lo cogiera.

Hubo unos segundos de silencio. Y, de repente…

Aquella cara de preocupación desapareció por completo. Se convirtió en una mezcla de sorpresa, emoción y felicidad que difícilmente olvidaremos.

No sabía qué decir. Solo sonreía.

Y miraba el instrumento una y otra vez como intentando asegurarse de que aquello estaba pasando de verdad. Nosotros respiramos tranquilos.

Porque, sinceramente… Después de organizar un secreto durante tanto tiempo, también teníamos nuestros nervios. 😂

Al final todo salió perfecto. Él se fue feliz. Ella aún más feliz por haber conseguido mantener la sorpresa hasta el último segundo. Y nosotros nos quedamos con una de esas historias que siguen sacándonos una sonrisa cada vez que la recordamos.

Porque fabricar instrumentos nos ha regalado momentos muy emocionantes… Pero también otros tremendamente divertidos.

Y, por suerte, esperamos que todavía queden muchos más por vivir.

El primer concierto

Hay momentos que no se olvidan porque marcan un antes y un después. Y este fue uno de ellos.

Uno de nuestros instrumentos viajó hasta Tenerife para formar parte de una comparsa del famoso carnaval. Ya era una ilusión enorme saber que iba a subir a un escenario.

Pero lo que no imaginábamos era el papel que iba a tener. Muchas veces los instrumentos como los nuestros aparecen acompañando una canción o aportando pequeños matices dentro de una composición.

En aquella ocasión ocurrió justo lo contrario. Nuestro instrumento era el protagonista. La melodía, el ritmo y toda la interpretación giraban alrededor de él. El resto de la música estaba ahí para acompañarlo.

Y ver aquello nos puso la piel de gallina. No porque fuera uno de nuestros instrumentos.

Sino porque demostraba que también podía ocupar un lugar protagonista en un escenario de ese nivel. Y, por si fuera poco…

Aquella comparsa terminó consiguiendo el primer premio. No diremos que fue gracias al instrumento… 😂

El mérito fue completamente de todas las personas que hicieron posible aquella actuación.

Pero no vamos a negar que nos hizo muchísima ilusión saber que una pequeña parte de nuestro taller también estaba allí, sonando junto a ellos.

Aquella noche comprendimos que un instrumento puede viajar mucho más lejos de lo que jamás imaginamos cuando empezamos a fabricarlo.

Y, cada vez que vemos uno de nuestros instrumentos sobre un escenario, sentimos exactamente lo mismo. Un poquito de nervios. Muchísimo orgullo.

Y una enorme gratitud por formar parte, aunque solo sea un poquito, de historias como esta.

Cuando la música vuelve a llamar a tu puerta

Hay personas que llegan buscando un instrumento. Y hay personas que, sin saberlo, están buscando recuperar una parte de ellas mismas.

Un hombre se puso en contacto con nosotros después de haber tomado una decisión muy dura. Durante muchos años había tocado la guitarra. La música formaba parte de su vida.

Pero con el paso del tiempo aparecieron problemas en sus manos. La enfermedad fue limitando poco a poco su movilidad hasta que llegó un momento en el que seguir tocando la guitarra dejó de ser posible.

No porque hubiera perdido las ganas. Sino porque su cuerpo ya no podía responder como antes. Nos contó que echaba muchísimo de menos tocar. No buscaba convertirse en músico otra vez. Solo quería volver a sentir esa conexión que había tenido durante tantos años con la música.

Pensamos juntos qué instrumento podía adaptarse mejor a su situación y comenzó una nueva etapa. Al poder tocar con baquetas, sin exigir el mismo esfuerzo y movimiento que necesitaba la guitarra, volvió a descubrir el placer de hacer música.

Y poco a poco… Aquello que parecía una despedida terminó convirtiéndose en un nuevo comienzo.

Con el tiempo no compró uno. Ni dos. Ni tres. Terminó incorporando más de diez de nuestros instrumentos. Y creemos que ese dato dice mucho más que cualquier otra cosa que pudiéramos escribir.

No porque vendiéramos más, sino porque cada nuevo instrumento era una forma de seguir disfrutando de algo que un día pensó que había perdido para siempre.

Historias como esta nos recuerdan que, a veces, la música no desaparece de nuestra vida. Solo cambia la forma en la que vuelve a encontrarnos.

Y pocas cosas nos emocionan más que saber que alguien ha recuperado la ilusión de tocar gracias a un camino diferente.

Porque nunca se trató de tocar una guitarra. Nunca se trató de tocar un Steel Tongue Drum. Siempre se trató de algo mucho más sencillo.

De volver a sentir la alegría de hacer música.

Cuando un instrumento empezó a viajar por el mundo

Hay veces que fabricas un instrumento… Y nunca vuelves a saber de él. Y otras veces… La vida decide darte una sorpresa.

Hace ya unos años, mientras Jonathan tocaba en la calle en Tenerife, un chico se acercó, escuchó el instrumento y terminó llevándoselo a casa.

Fue una venta más. O, al menos, eso pensábamos. Pasaron algunos meses. Y un día recibimos una notificación en redes sociales. Al abrirla nos quedamos completamente sorprendidos.

Aquel mismo instrumento estaba sonando en Sudáfrica.

Concretamente en Ciudad del Cabo, un lugar conocido por sus playas, por el surf… y por los impresionantes tiburones blancos que habitan sus costas.

Allí estaba. Sonando al otro lado del mundo. Y no estaba simplemente de viaje.

Estaba formando parte de un concierto, compartiendo música con otras personas en un lugar que jamás habríamos imaginado cuando salió de nuestro taller.

Nos hizo muchísima ilusión. Porque, de repente, un instrumento que había nacido entre herramientas, acero y martillos estaba escribiendo su propia historia a miles de kilómetros de nosotros.

Y lo más bonito es que esa no fue la última vez que lo vimos. Años después volvió a aparecer en otra publicación. Había seguido viajando. Había seguido sonando. Y seguía acompañando a la misma persona con la misma ilusión del primer día.

Nos escribió para contarnos todo lo que habían vivido juntos. Se notaba que aquel instrumento no había pasado esos años guardado en un rincón. Había sido tocado. Había viajado. Había formado parte de experiencias.

Y eso se veía incluso antes de leer sus palabras. Porque un instrumento disfrutado también deja huellas. Pequeñas marcas. Pequeños recuerdos.

Y, de alguna manera, también una personalidad propia.

Muchas veces nos preguntan dónde han terminado nuestros instrumentos. La verdad es que no lo sabemos. Y creemos que esa es una de las partes más bonitas de este oficio. Nunca sabemos cuál será el siguiente que termine sonando al otro lado del mundo.

Pero sí sabemos una cosa. Cada vez que uno de ellos emprende ese viaje… Una pequeña parte de nuestro taller viaja con él.

Cuando cruzaron un océano para venir al taller

Hay historias que todavía nos cuesta creer, incluso después de haberlas vivido. Esta es una de ellas.

Un día recibimos un mensaje desde Estados Unidos. Hasta ahí podía parecer una compra más.

Hablamos sobre los instrumentos, resolvimos dudas, elegimos los modelos… todo con absoluta normalidad. Pero, en un momento de la conversación, les dijimos que podíamos enviarlos sin ningún problema. Y entonces nos respondieron algo que nos dejó completamente sorprendidos.

No querían que se los enviáramos.

Querían venir ellos mismos a recogerlos. Y así fue. Se subieron a un avión. Cruzaron el océano. Y terminaron entrando por la puerta de nuestro taller, aquí, en La Rinconada de Tajo, cuando estábamos aún arreglándolo y todo era un caos jajaja

Todavía recordamos ese momento. Pensar que alguien había recorrido tantos kilómetros simplemente porque quería conocer el lugar donde nacían sus instrumentos fue una sensación muy difícil de explicar.

No era solo venir a recoger un pedido. Era querer conocer la historia, el taller, las herramientas, el proceso y a las personas que estaban detrás de todo aquello.

Compartimos un día entero inolvidable. Hablamos de música, de la vida y, por supuesto, tocaron sus instrumentos antes de volver a emprender el viaje de regreso. Cuando se fueron, Jonathan y Nerea nos miramos y pensamos exactamente lo mismo.

¿De verdad alguien ha cruzado medio mundo para venir hasta nuestro pequeño taller?

Todavía hoy nos emociona recordarlo. No porque vinieran desde Estados Unidos. Sino porque aquello nos hizo comprender algo mucho más importante.

Que, a veces, un instrumento consigue unir a personas que viven a miles de kilómetros de distancia.

Y que un pequeño taller perdido entre campos de Toledo puede convertirse, por un momento, en un lugar al que alguien decide viajar desde la otra punta del mundo.

Nunca imaginamos que algo así pudiera ocurrir. Y probablemente por eso sigue siendo una de las historias que más nos emociona contar.

Gracias por formar parte de nuestra historia

Si has llegado hasta aquí, probablemente ya habrás entendido que nosotros no recordamos nuestros instrumentos por el número de serie.

Los recordamos por las personas.

Por una niña que regaló un abrazo.

Por un niño que despertó hablando de arcoíris.

Por una persona de 103 años.

Por una enfermera que quiso acompañar con música los últimos momentos de otras personas.

Por un profesor que compartía con nosotros cada pequeño avance de sus alumnos.

Por quienes descubrieron una nueva vocación.

Por quienes recuperaron las ganas de tocar.

Por quienes recorrieron miles de kilómetros para entrar en este pequeño taller.

Y por tantas otras historias que todavía nos guardamos en el corazón.

Ojalá esta página siga creciendo durante muchos años.

Porque eso significará que cada vez habrá más personas utilizando la música para regalar calma, esperanza, compañía y momentos inolvidables.

Y, quién sabe… Quizá algún día la próxima historia que contemos también sea la tuya.

Si hay algo que hemos aprendido durante todos estos años es que nunca sabemos dónde va a terminar uno de nuestros instrumentos. Puede acabar en una casa, en un colegio, en un hospital, en una consulta, sobre un escenario o acompañando a una persona en uno de los momentos más importantes de su vida. Y, sinceramente, creemos que ese es el mayor privilegio que puede tener un artesano. Gracias a todas las personas que nos habéis permitido formar parte de un pequeño capítulo de vuestra historia. Sin vosotros, esta página estaría completamente en blanco.